Martes, 13 de diciembre de 2011

De Santo Toribio a San Mamés

Álvaro González se levantó ayer de la cama feliz a la vez que magullado. Aunque su cuerpo aún notaba las consecuencias del esfuerzo del día anterior, su mente rebosaba alegría. Su peregrinaje fue duro. Cambió el monasterio de Santo Toribio por 'la Catedral' de San Mamés. Y eso que la noche del domingo, para él, estuvo a punto de convertirse en penitencia. El central lebaniego fue el jugador más determinante del encuentro ante el Athletic, al intervenir en los dos goles que se marcaron. En el primero, el de Aurtenetxe, nada pudo hacer para evitarlo y con el segundo, el suyo, consiguió «el sueño que venía persiguiendo desde que entré en las categorías inferiores hace nueve años». El central lebaniego se estrenó como goleador en Primera, en San Mamés, en el minuto 92, marcando el tanto del empate, con sus padres en la grada y con su novia, Raquel, a la que dedicó el tanto con un gesto (hizo una erre con las dos manos). Mejor, imposible.

Álvaro era todo felicidad ayer en La Albericia, a pesar de que no pudo entrenar por una sobrecarga que, sin embargo, no le impedirá estar el domingo ante la Real Sociedad. Sonriente, salió del gimnasio y charló con sus tíos y primos de Aguilar de Campoo que le habían ido a ver a las instalaciones. Y es que la noche del domingo nunca la podrá olvidar. Primero por el fallo que tuvo. «La responsabilidad era mía, tenía que haber despejado el balón -afirma de forma rotunda-, así que en la jugada del gol tenía la obligación de arreglarlo. Por suerte, así lo hice y me quité un peso de encima», explica.

Sin embargo, nunca había soñado un debut goleador en Primera con el guión tan enrevesado. «Es un campo que para todo racinguista es especial, y más para mí, que llevo nueve años en la cantera viendo este tipo de partidos», asegura. Cuando el Athletic puso el 1-0 en el marcador se le cayó el mundo encima. Pese a su juventud no rehuye de la responsabilidad y luchó el resto de minutos para remediar el daño que había provocado a su equipo. Finalmente lo consiguió, tras un testarazo que consiguió colarse por la meta que defendía Iraizoz. A partir de ahí, la adrenalina corrió por sus venas en una especie de redención por el fallo cometido. Unos segundos de placer en los que tuvo la lucidez necesaria para acordarse de los suyos. «Pensé en mis padres e hice el gesto de Raquel -una erre con las dos manos-, mi novia, para que vea que me acuerdo de ella en el campo», relata. «Pero me han dicho que no me salió demasiado bien», añade.

A pesar de la felicidad, Álvaro quiere pasar pronto la página y pensar en los próximos retos ante dos rivales directos en la Liga como son la Real Sociedad y el Zaragoza. Sabe que son dos encuentros vitales en las aspiraciones del conjunto cántabro por salir de la zona de peligro y demostrar a todos los aficionados que las pocas esperanzas que el equipo ha dado en el inicio liguero no son un presagio de lo que podía suceder a final de temporada.

Hoy, «a comerse las uñas»

Hoy, sin embargo, no estará ante el Rayo Vallecano en la Copa del Rey. Lo tendrá que ver desde la grada. Algo novedoso para él esta temporada, en la que se ha convertido -por méritos propios- en la revelación del equipo. «He de reconocer que lo paso muy mal. Soy de los que se comen las uñas. Tengo esa mala manía», explica. Y eso que este año la Copa llega más descafeinada que nunca. Sin embargo, considera que el torneo «no es un trámite». «Viene bien para la gente que no está disfrutando de minutos y que así tendrán una oportunidad. Además, estarán en el césped muchos amigos míos del filial».

Fuente: El Diario Montañés 


Publicado por Castro2 @ 17:41 | 0 Comentarios | Enviar

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