Esos cuatro goles del Calderón han hecho daño. Es como si nos hubiesen dado esos cuatro pelotazos en la cabeza. Esto es ya un lío que no se sabe si se juega la Liga, la Copa o qué: lo único claro es que lo de ayer fue un ensayo del partido del jueves. Que qué pinta tiene, eso ya lo decide cada cual.
La paliza del 4-F -las siglas dan más cuerpo al hecho- ha dejado huella, no hay duda. Por ejemplo, ahora uno se fija en los jueces de línea que, salvo honrosas excepciones como Rafa 'Nomejodas' Guerrero, nunca han interesado gran cosa. Y la culpa la tiene ese penalti y quienes se las ingeniaron para señalarlo. El que ayer estaba más cerca (¿Valles Mazariegos? ¿Sánchez Santos?), con el pelo blanco cortado a cepillo, parecía un ruso malo de James Bond. Gracias al Cielo que no actuó como tal. Al otro, ni se le distinguía, pero sí lo hizo.
Una terrible obsesión
No era un servidor el único obsesionado con la cuestión. Se vio en el momento en que a Munitis le hicieron una falta a dos o tres metros del área. «¡Pe-nal-ti! ¡Pe-nal-ti!», empezaron a gritar en la grada. La cosa tiene su guasa, pero también quiere decir que la gente lo ha estado pensando en casa. Volviendo a las comparaciones facilonas, lo que hizo Mateu Lahoz es lo mismo que hace en cualquier película ese sheriff seboso que rompe los pilotos del coche con la porra y pone multa por no llevarlos en condiciones. O, más cercano, un municipal que te atribuye una cagarruta en la acera aunque pasees sin perro. Una injusticia, en fin.
Aunque digan que no, también en el Atleti saben que lo que importa es lo de esta semana, a pesar de lo de los tres puntos en juego y todo eso. Si no es así, que expliquen cómo es posible que no acompañase al equipo ni una centena de hinchas, cuando otras veces no tienen pereza de venir a Santander aunque sólo sea para que les echen del campo. Eso es porque: a) no le daban demasiada importancia al partido, o b) van a venir el jueves. Por no estar, ni su presidente, Enrique Cerezo. Al menos desde encima del palco no se veía un cogote como el de él, que es fácil de reconocer -e insistimos con el mundo del cine para hacer la gracia- porque tiene una mata de pelo tan espesa como la de un ewok.
La estrategia del Racing para la vuelta de esa semifinal de la Copa que está que se nos escurre de entre los dedos ya quedó clara ayer en El Sardinero. Los jugadores van a deslomarse por conseguir esa manita en el tercer enfrentamiento con el Atlético en una semana. El público también tiene encomendada su tarea: va a presionar al árbitro. El clásico '¡Manos arriba, esto es un atraco!' o el más actual '¡Corrupción en la Federación!' se dejaron oír en los Campos de Sport como aperitivo de la próxima actuación del orfeón racinguista.
Mucha presión
González González, el colegiado, pudo comprobar cómo se las gasta la hinchada local. Alguna de sus decisiones más calamitosas -que enardecieron más a los forofos que el golito con que Colsa empató el partido- hizo revivir la afrenta (no expulsa al portero por la falta a Tchité-el penalti a dos metros del área-el piloto del coche roto- la cagarruta erróneamente adjudicada...). No es exactamente lo que otro más fino o políglota denominaría un 'déjà vu'. Lo mismo que si a uno le repite mucho el ajo o la morcilla de año no se puede hablar de 'déjà vu' -en este caso en concreto, gástrico- que al Racing le achicharren otra vez los árbitros, tampoco. En ambos casos es sencillamente un asco.
¿Queda esperanza de remontada después del batacazo de la Copa, del empate de ayer y de haber sufrido a dos árbitros petardos consecutivos? Ni se sabe. Ayer, en vez de un gozoso regusto de revancha, sólo quedó un sabor agridulce. Como si en vez de ir a El Sardinero hubiésemos cenado en el chino.
Fuente: El Diario Montañés