Que sí, que sí. Ya sabemos que quedan noventa minutos, que la remontada es posible y que hasta el final nada está decidido. Y lo sabemos porque es lo que siempre dicen los que pierden, así que consuela lo justo.
El Atlético, ese equipo siempre desastroso y en crisis -pero que con el cuento del 'hermano pobre' de Madrid gasta más que el Dioni en juergas en Brasil- tuvo que disfrutar de su noche inspirada precisamente ayer, cuando se jugaba con el Racing medio pase a la final de la Copa. Compinchado con Mateu Lahoz (¿alguien sabe dónde vive?), convertido para la ocasión en la reencarnación de Guruceta, acabó con buena parte de las esperanzas de ver al Racing en una final.
Es tanta la flojera que deja un partido así que ya resulta difícil hasta creer en que las cosas se desarrollasen de otro modo incluso si el árbitro hubiese pitado el penalti clamoroso por la mano de Domínguez en el primer tiempo -que todavía, siendo generoso, tiene un pase-, y se hubiese ahorrado el soplido en el que señaló a Toni Moral sobre Jurado ¡a veinte metros del área! ¿Para qué quería ese micrófono de Madonna? ¿Para decirle a su mujer que le calentara la cena? ¿Y el juez de línea? ¿Estaba mirando culos? No hay duda, lo de ayer prueba que hay que jubilar a los árbitros y comprar robots y vídeos para que las cosas sean medio normales.
Y nos acordamos del tal Guruceta y nos subimos al carro de la memoria histórica, de aquellos tiempos en que la Copa no era del Rey, sino del Generalísimo. Pues en unos cuartos de final entre Real Madrid y Barcelona (concretamente el 6 de junio de 1970), ese hombre castigó con pena máxima una jugada calcada de la de ayer. Los hinchas del Barça asaltaron el campo y casi se lo comen. Desde entonces, y durante años, cada vez que se encontraban con un árbitro tonto le gritaban desde la grada ¡Guruceta! ¡Guruceta! Hasta aquí llega el paréntesis de la nostalgia.
De poco le sirvió a la gente de Portugal llegar vestida al Calderón con la túnica mágica de la imbatibilidad en 2010. Un par de virguerías del Kun y de Forlán, otro par de tonterías del colegiado, y todos desnudos como bebés.
¿Jugó mal el Racing? Pues tampoco es eso. De hecho, el partido resultó bien bonito, vivo, intenso... Pero los anfitriones eran mejores y dejaron en evidencia los peores defectos del conjunto santanderino. Vamos con ellos:
Pánico en los laterales. Otra vez se abre el debate. ¿Estamos seguros con Pinillos y Cristian? ¿Es cierto que si fuesen algo más lentos se les subirían los caracoles por las piernas? La delantera del Atlético trabajó cómoda desde el principio, sin encontrar obstáculos. El Kun, Forlán, Ujfalusi y Reyes dieron con la defensa soñada.
¿Quién dijo invicto? Lo de la portería a cero quedó olvidado a los diez minutos. Lo de no perder ni un partido en 2010, muy poco después. De la seguridad de la zaga, mejor ni hablar. La primera parte ya pudo acabar en 4-0.
Ese pedazo de portero. Cuando a uno le meten cuatro chicharros es complicado encontrar una buena excusa. Coltorti es un tío grande y necesita su tiempo para estirarse, vale, pero tampoco podemos pasarnos el día esperando a que alargue los brazos como si contemplásemos un nenúfar abriéndose.
Por otro lado, está muy feo hacer leña del árbol caído. Habrán perdido, pero son los nuestros; vuelven con una paliza, sí, pero no han hecho el ridículo. El mejor Racing puede con el peor Atlético, pero no sabe qué hacer ante un rival de esa talla a pleno rendimiento. Demos a los chavales un masajito de consolación:
Planteamiento valiente. ¿Quién dijo miedo? El Racing se plantó en el campo del Manzanares con todo su descaro, con su actitud más ofensiva. Lástima que ese juego -prácticamente el único que tiene- fuese el que más le convenía al Atlético. No hay nada que se pueda objetar a la rapidez de sus contragolpes ni a su vertiginosa circulación de balón.
Trabajo que no falte. A falta de maña, fuerza. El Racing no escatimó trabajo ni sacrificio. La pelota parecía un imán que atrajese jugadores. Es esa solidaridad en su juego que hace muy difícil distinguir entre atacantes y defensores.
Siempre Canales. El muchacho tiene clase, no hay quien lo niegue. Sus pases, incluso los que no llegan, encienden la imaginación, cualquiera de sus movimientos de balón promete una buena jugada.
Fuente: El Diario Montañés