Jueves, 20 de marzo de 2008

Orgullosos del Racing

Fue bonito mientras duró. No sólo bonito. Fue precioso. Pero todos los sueños tienen un final y el de ayer, para el Racing, no fue feliz. Todo lo contrario, tuvo toda la amargura del mundo. Y más por la forma en que llegó, con un gol de esos que en cualquier manual de 'fair play' se califican como antideportivo, vamos, que es el ejemplo de lo que no debe hacer un jugador que tenga la deportividad como bandera. Y lo peor de todo es que ese futbolista que culminó la jugada vistió en su día la camiseta verdiblanca sobre la que ayer escupió con todas sus fuerzas. Fue Javier Casquero, que no recordó como el club, al que ayer maltrató, al que ayer hizo todo el daño del mundo, le facilitó en su día una salida argumentada en motivos únicamente personales. Tampoco es que estuviera correcto Albín, pero lo de Casquero, bueno, cada uno es como es, y en este caso...

Sin embargo, el partido no se jugó sólo en ese fatídico minuto 80. Antes ocurrieron muchas cosas. Una de ellas, que el Racing jugó un magnífico partido. Apenas unos minutos, sólo unos instantes, cedió el control a su rival. El resto del encuentro, fueron los cántabros los que buscaron con ahínco el billete hacia la final. Lo hicieron con todos sus medios. Con garra, con entrega, con pelea, con trabajo... con buen fútbol, en definitiva. Sólo faltó redondear el sueño con algún gol más que el que Pedro Munitis marcó en los primeros instantes del partido.

Más partido

En cualquier caso, a nadie se le escapaba que la eliminatoria era complicada. Eso estaba claro, aunque las cosas no se le pudieron poner mejor al Racing desde el mismo inicio del partido. Los hombres de Marcelino, que habían salido en tromba, se pusieron por delante en el marcador gracias a una gran jugada de Jorge López que Munitis remató con un gol de esos que siempre se adjudican a los más listos. El Sardinero estalló en una explosión de euforia consciente de que todavía quedaban 83 minutos de partido y la final, la ansiada final de la Copa, parecía un poco más próxima.

Sin embargo, el miedo que El Sardinero había tratado de meter en el cuerpo del Getafe se instaló en los jugadores del Racing. El gol fue, en términos taurinos, un verdadero puyazo para los de Laudrup, que reaccionaron con furia al aguijonazo de Munitis. Con el Racing desarbolado, con una defensa terriblemente nerviosa, los madrileños dispusieron de hasta cuatro ocasiones muy claras para poner las cosas un poco más complicadas a los cántabros. Sin embargo, por fallos propios, en unos casos, y por el acierto de Coltorti, en otros, las ocasiones se quedaron en eso, sólo en ocasiones, y el tan temido gol del conjunto madrileño que quedó sólo en un deseo azulón.

Tras la avalancha del Getafe, una vez que los jugadores del Racing hicieron caso a su entrenador que se estaba desgañitando pidiendo tranquilidad, volvió la serenidad al partido y en esta situación, el conjunto verdiblanco volvió a tomar el mando y, lo que es más importante, a tener ocasiones claras ante Ustari, como la que dispuso Tchité que hizo lo más difícil al mandar por encima del larguero un balón que tenía todas las papeletas para acabar dentro de la portería.

Con 45 minutos por delante, todo un mundo, el Racing siguió buscando el segundo gol. El que le habría metido directamente en la deseada final de la Copa. El que, quizá, hubiera aportado algo más de justicia a una eliminatoria muy igualada.

Faltaba el gol

Sin embargo, las ocasiones se iban sucediendo y el segundo gol no acababa de llegar, lo que no sólo estaba poniendo nervioso al graderío, sino que estaba provocando que el equipo de Marcelino se estuviera viniendo abajo.

Pero, con todo, el partido estaba aún abierto. El Racing, tenía todavía posibilidades. Fue Casquero el que se encargó de desbaratarlo todo.

Con Garay tendido en el suelo por una lesión que acabaría con él en la enfermería, y con Uche pidiendo a sus compañeros que echaran el balón fuera, apareció el jugador de Talavera para marcar un gol válido, eso nadie lo puede discutir, pero sucio. Un gol impropio de un deportista que, por cierto, escapó a toda velocidad del campo en cuanto Muñiz Fernández dio el pitido final quizá consciente de que lo que había hecho no estaba bien. Nada bien.

En cualquier caso, y consideraciones éticas al margen, lo cierto es que ese tanto sentenció un partido que será recordado durante mucho tiempo por todos los aficionados verdiblancos... y por los jugadores. Y es que en muy pocas ocasiones un estadio abatido por una derrota tan dolorosa obliga a sus jugadores, a sus ídolos, a salir al centro del campo a saludar entre gritos de ánimo.

Fuente: El Diario Montañés
Publicado por Castro2 @ 14:00 | 0 Comentarios | Enviar

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