Las cerca de 20.000 personas que tuvimos la fortuna de asistir ayer al choque entre Racing y Athletic de Bilbao salimos con la sensación de haber presenciado un acontecimiento que pervivirá en la mente de muchos racinguistas a lo largo del tiempo.
El encuentro conjugó todos los ingredientes de un grandioso espectáculo deportivo: emoción, tensión, incertidumbre y, sobre todo, cuando de fútbol se trata, goles, muchos goles, nueve en total.
Un par de cuentas pendientes tenían ayer los cántabros. Una de ellas devolver a los rojiblancos sus cuatro últimos éxitos en feudo santanderino, y otra con la historia, ya que pocas veces los verdiblancos han tenido la oportunidad de asegurar la permanencia a falta de 10 jornadas para el final, lo que significa que, a partir de ahora, el objetivo es codearse con la nobleza de la liga española por metas ambiciosas, algo tradicionalmente impensable para un club de la modestia del Racing.
La primera está saldada. Y la segunda va camino de cobrarse con intereses a final de temporada de continuar los cántabros en esta línea.
Porque esa era (y es) la premisa a seguir. Lo anunciaban Portugal y Munitis durante la semana y el equipo lo cumplió, puesto que desde el inicio, el juego del Racing era el de siempre, entrega, lucha y balones a Zigic. Los verdiblancos carecieron en la primera parte de bandas. Serrano y Balboa no conseguían entrar en juego, con lo que el único recurso era tratar de aprovechar las dejadas del serbio en tres cuartos de cancha.
Como toda historia épica, el comienzo debía de ser el peor posible.
A los seis minutos, una falta lanzada desde la frontal del área por Prieto se colaba en la meta de Toño tras librar a la barrera por debajo.
Mazazo.
El Racing no se descompuso y continuó buscando el gol, sin la claridad de otras veces pero culminando las jugadas.
El equipo se aproximaba pero salvo un par de acciones de verdadero peligro (dos remates de Zigic), la portería vasca no sufrió en exceso.
En la segunda mitad se desencadenaron los acontecimientos como una presa desbordada, convirtiendo el partido en lo que finalmente fue, una absoluta y bendita locura donde se vieron nada menos que ocho goles.
Tras dos avisos en ambas porterias, primero Urzaiz y luego Vitolo, llegó el tanto de Christian Fernández.
El canterano cazó de cabeza un centro del incansable Munitis dentro del área chica y ponía las tablas.
El Sardinero se venía abajo.
La afición cree en las posibilidades de este equipo y se volcó con él.
Incluso cuando cuatro minutos después, Etxeberria recibe solo en el área un balón peinado por Llorente y ajusticia a Toño de tiro raso.
Se habían desatado las hostilidades.
No había mucho toque, ni triangulaciones de excesiva calidad.
Todo se suplía con entrega y casta, algo que se transmitía, que se retroalimentaba entre equipo y afición.
Las bandas del Racing empezaron a funcionar.
Balboa encaraba por la derecha con descaro, pero fue Serrano el que forzó un penalti tras ser derribado por Prieto cuando se colaba solo.
Garay no falló desde los once metros.
El Racing se lanzó a por la victoria y apareció, como no, Zigic.
Y por partida doble.
Primero ejecutando un cabezazo de libro a centro de Balboa imposible para Aranzubia, y más tarde subiendo el cuarto al marcador, con ayuda de Iraola, tras rematar oportunamente una falta botada por Munitis.
4-2 y el delirio.
Sin embargo, enfrente estaba el Athletic, pura garra, que, en apenas dos minutos, se aprovechó de dos errores de la zaga verdiblanca para empatar el partido.
Primero Etxeberria y luego Iraola para alegría de los más de 2.000 seguidores que les acompañaban.
Pero este Racing es diferente.
Vitolo, Munits y Zigic se inventaron un jugadón que acabó con el serbio driblando a Aranzubia y marcando a puerta vacía cuando el partido agonizaba.
Un Sardinero cardiaco estallaba, se venía abajo; lo contrario que un Racing que ayer amarró la permanencia y cuyo techo está aún por determinar.
Fuente:
Alerta