martes, 17 de octubre de 2006
M iguel Ángel Portugal ha exhibido una elegante humildad tras la victoria en Pamplona. Después de dos semanas en la picota hubiera sido comprensible que el entrenador sacase pecho, dejase traslucir la rabia contenida, la ironía o el sarcasmo pero ha reaccionado con altura, sin protagonismo, saludando el triunfo simplemente como una buena noticia para el club y su afición.
Había razones muy sólidas para cesar a Portugal tras el empate frente al Celta pero ha sido equivocado y cruel dejarle tanto tiempo a los pies de los caballos. La gestión chapucera del Consejo de Administración y/o de su presidente, Francisco Pernía, ha tenido su justo castigo en Pamplona. Yo diría que lo mejor es no menear más la cuestión del banquillo y esperar acontecimientos. Siempre habrá un Luis Fernández en paro. Pero, claro, si el Racing quiere recrearse en el esperpento todavía es posible: basta con cesar, después de haber ganado su primer partido, al técnico para el que no se ha encontrado sustituto en quince días. Vamos con el paso cambiado.
Portugal ha tenido tiempo para pensar durante este tiempo; por ejemplo, en su confesión con el presidente tras el naufragio ante el Celta: Hubo, dijo Pernía, examen de conciencia, dolor de los pecados, y acaso, propósito de enmienda respecto al plan de Portugal de contar sólo con doce o trece jugadores. En el Reyno de Navarra no se jugó mejor que otros partidos pero se produjo la novedad relevante de la puesta en escena de cuatro jugadores casi descartados: Garay, que contribuyó de forma destacada a que el Racing completase su primer partido sin encajar goles; Scaloni, todavía fuera de forma; Vitolo, que reforzó un alicaído centro del campo, y Óscar Serrano, aunque fuera de modo testimonial. Una revolución a medias, que puede ir a más si Portugal permanece en el banquillo. Fuera de Zigic y de Munitis -un maestro en el manejo del tiempo y del balón en el último cuarto de hora de Pamplona- no debe haber intocables en este equipo.
Diario Montañés