lunes, 17 de octubre de 2005
El Racing protagonizó ante el Mallorca uno de los peores partidos de toda la temporada, en el que exhibió todas sus carencias La preparación del encuentro y el intenso trabajo de las últimas semanas no han servido para corregir los defectos del equipo
El Racing, como los magos: Nada por aquí; nada por allá. Nada en defensa y nada en ataque. Si el partido de Mallorca debía mostrar los primeros signos de recuperación del equipo santanderino, al final resultó todo lo contrario: confirmó la agonía del paciente. Si jugadores y técnicos lloraban amargamente la derrota injusta del Alavés la anterior jornada de Liga, el punto que se llevan de su visita a las islas no ha podido ser más indecente. De nada ha servido la preparación del partido, el estudio concienzudo de los factores que han espantado los puntos del casillero, los nuevos planteamientos estratégicos. Todo es mucho más sencillo: el Racing no sabe jugar.
No pudo empezar peor el Racing su actuación en Son Moix: un penalti en el minuto 2, fruto de la incapacidad de Ayoze para frenar las internadas de Jonás Gutiérrez, que Arango, afortunadamente, tiró fuera. Desde luego, el panorama no se parecía en nada al que se podía imaginar haciendo caso de las cifras que mantenían colista al Mallorca. Todo lo contrario: el primer cuarto de hora había dejado ver a un equipo local ambicioso y práctico en sus ataques, que atravesaba como quería una defensa racinguista de pura mantequilla, aunque, eso sí, de meter goles, nada. Si la idea era avasallar a un Mallorca de futbolistas alelados que se dejan marcar goles desde cualquier sitio, la realidad fue justo la contraria, la de un cuadro local activo al que plantaron delante un Racing pasmado que no se enteraba de la fiesta.
Sin ocasiones
En 45 minutos, el equipo santanderino no tuvo ocasión de dejarse ver. Bastante hacía con sobrevivir, con el agua al cuello, mientras el Mallorca se enseñoreaba de todo el campo. Fue todo un recital de impotencia el que ofrecieron los hombres de Preciado al público de Son Moix durante toda la primera mitad, en la que sólo acertaron a arrear patadas a los contrarios para que de no jugar ellos no lo hiciese nadie.
Agujeros
Por atrás, ni toda la buena voluntad de los compañeros bastaban para tapar los agujeros en la zona de trabajo de Ayoze. El centro del campo pasó a mejor vida, a pesar de que Casquero lo intentó de todas las maneras. Antoñito y Aganzo, enredados entre los defensas, no acertaban a revolverse, de modo que todos los pelotazos con ese rumbo acababan en los pies de los mallorquinistas. En las bandas, también poco que rascar, hasta el punto de que Preciado optó por intercambiar los puestos de Dalmat y Serrano a ver si sonaba la flauta, cuando lo único que se oía era una traca atronadora como las de las fallas.
El intermedio sirvió para que Preciado recolocase sus piezas. Sentó a Dalmat y Ayoze, todo un chollo para el Mallorca, remendó la defensa con Neru y probó delante con Melo. El brasileño fue otro en Son Moix: como extremo derecho, jugó con campo por delante y se entendió con Antoñito, metiendo los nervios en el cuerpo de los locales, que para entonces ya habían aflojado.
Aburrimiento
Pero en cuanto el Mallorca bajó el pistón el encuentro perdió toda la frescura, poca hasta entonces para ser sinceros, y se convirtió en lo esperado: un aburrimiento de juego trabado y ocasiones a medio cocer. Cúper recurrió a Choutos, la personificación del amor propio en el conjunto insular, para volver a encontrar un poco de nervio, algo que el Racing debió dejarse olvidado en el vestuario en Santander.
No hay duda, Cúper tiene un problema con un equipo herido, pero Preciado lo tiene peor: el suyo está fiambre.
Diario Montañés